Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LA HISTERIA Y LOS SUEÑOS

Capítulo V

PROCESO DE LA CREACIÓN

MUJER Y LENGUAJE

Más que un goce estético un goce de decir.

Hoy por hoy no hay más nada que decir, de agregar (recargar) sentido a las combinaciones.

El goce de decir se relaciona muy íntimamente con el goce de opinar.

De estar siempre a favor o en contra de algo.

De iniciar alguna idea, algún efecto.

Con una cierta parsimonia, una cierta tranquilidad, una cierta serenidad.

Por ejemplo, contra las prisas, contra los límites exactos del calendario o del reloj. O como siempre por los casos perdidos, que al ponerse de moda se transforman en casos ganados.

Y sobre todo contra las guerras (aunque haya luchado o aún luche) y contra la paz homicida.

Es decir siempre a favor de un imaginario, no restringido, más universal.

Ya se sabe que a más palabras más posibilidades, también de transformación, de conocimiento. Ser hombre o ser mujer es un problema de la especie que cada sujeto al constituirse, replantea, acata, renuncia y se prohibe.

Más allá de la diferencia anatómica, también plantea problemas sociales y de convivencia.

Al sujeto del Lenguaje, lo que le interesa es hablar, porque allí más que diferenciarse como sujeto femenino o masculino, lo que adquiere es un rasgo específico y el habla que lo consagra como diferencial dominante.

A lo largo de los siglos las mujeres resistieron y asistieron a los cambios, que las diferentes épocas de la producción les iban ocasionando a sus vidas.

Es decir que hace muy poco tiempo en la historia humana que las mujeres aparecen como protagonistas de la producción (hace unos dos siglos) y esto no acontece por un pedido o demanda expresa de la población femenina, sino, hasta donde conocemos, hoy por hoy, por requerimientos de la producción como tal.

Desde entonces, nos dicen los especialistas, el rol social de las mujeres, fluctúa en el tono de la demanda productiva social.

Es también muy conocido que en tiempos de guerra cuando la mayoría de la población masculina estaba ocupada en ello, la mujer accede con más facilidades a los puestos de trabajo así como en los tiempos de mayor demanda productiva.

También es cierto que si bien tradicionalmente a la mujer le ha sido destinada como tarea el amor y la familia y a los hombres la guerra y la producción en la actualidad estos roles ya no se llevan con aquella rigidez y también se comparten e intercambian.

Luego si hablamos de decir y opinar habría que preguntarse desde dónde hablamos, decimos y opinamos las mujeres; y si ese lugar de decir y opinar nos pertenece a todas las mujeres, sólo por serlo o si en realidad no es ese lugar de decir y opinar el que nos vamos ganando una a una en la vida cotidiana.

Evidentemente el tiempo del feminismo sufragista ha pasado y porque ha pasado ha dejado su huella.

Todo el mundo sabe que en los países civilizados las mujeres votan, opinan y tienen igualdad de derechos ante la ley, como cualquier ciudadano, pero hoy también es muy conocido que al mismo tiempo, por ejemplo en Japón (en cuanto al precio de la jornada de trabajo) en el Irán (por los usos y costumbres de una religión), no existe tal igualdad.

Ante las reformas a las leyes de divorcio o el maltrato en que subsisten muchas mujeres por motivos sociales y familiares, tenemos a estas alturas, un verdadero derecho: dudar de la igualdad que aún se sigue reivindicando.

Más allá de los problemas sociales y culturales, donde también se engloban los familiares, evidentemente hay una pujanza de la presencia en este siglo de las mujeres.

Sin renunciar a lo familiar las mujeres sienten también deseos por lo social, el trabajo, la cultura y el arte.

Muchos para marcar este surgimiento han dicho que es el siglo donde «la mujer ha comenzado a hablar», señalando con esto que la historia del hombre ha comenzado a tener «marca de mujer» ya no simplemente como enviada y destinada de un deseo ajeno, que no de otro, sino con los rasgos de un deseo más apropiado, vehemente y continuo.

Son las ciencias de este siglo, como el psicoanálisis, la lingüística estructural, los nuevos y revolucionarios cambios de la física, lo que viene a decirle al sujeto de la especie y no sólo a una parte de ella, la parte femenina, que el sujeto no es centro de ningún sistema.

Desde Copérnico sabíamos que nuestro planeta, Tierra, ya no lo era. En estos últimos tiempos estas ciencias contemporáneas nos dan la certeza de que tampoco lo es el Sol ni nuestra galaxia. Entonces ¿qué enseñan las ciencias contemporáneas entre las que incluyo el Psicoanálisis?

Que la palabra no es lo que «se dice», el sexo no es la sexualidad, sino parte de ella. El Yo famoso en que hablamos y nos personalizamos, tampoco es el centro de nada, el psicoanálisis viene a descubrir partes inconscientes de este Yo. Por lo tanto no controlo lo que pienso y hablo sino algo más de mí pulsa en mí.

Ese descentramiento que aparece en la posición del sujeto ante la realidad, aparece además en las posiciones de sus objetos de amor, lo que conformaría una realidad del sujeto en relación con la realidad de sus objetos.

En el fenómeno de la palabra se reconstruyen tres instantes del conocimiento, imaginario (el mundo de los objetos aprehendidos por la percepción, el cuerpo, la aprehensión o intuición del cuerpo), eso sería lo real; y lo simbólico, los signos y símbolos que también percibimos y conocemos.

Cuando hablamos, enseñan la lingüística y el psicoanálisis, se da el CONOCIMIENTO de la realidad psíquica. Esta realidad comprende lo imaginario, la percepción del cuerpo y el conocimiento de los símbolos.

Ante esto nos preguntamos, ¿cómo traducir una historia silenciosa?

Esa historia de las mujeres cambiando con tanta lentitud en siglos anteriores y tan vertiginosamente en nuestros tiempos.

Para leer esa historia hay que pedir ayuda a las nuevas ciencias y descubrimientos de los que somos contemporáneos.

Nada, desde la constitución psíquica en el sujeto del inconsciente y del habla, nos explica por qué la mujer se introdujo de esa manera en la producción, por qué ha dado en tantos siglos tan pocas muestras de su pensamiento.

A estas alturas ya nos hemos quitado de encima las viejas lecturas de los sesenta que presentaban siempre como las novelas sentimentales, una víctima y un victimario, el monstruo, el hombre, nada más ni nada menos que la otra parte de la misma especie.

Los hombres eran los causantes del sometimiento, de la opresión y las mujeres no habían tenido nada que ver. Pero estuvimos, las mujeres desde el principio, la especie nos lo demuestra.

Por lo tanto hoy ya no nos creemos esas historias y como mujeres debemos asumir la responsabilidad de una vida ocultada y silenciosa por siglos.

Y preguntarnos por nuestro afán de participación en el mundo que construimos junto con los hombres.

Clásicamente, se distinguen en las mujeres, el discurso parlante y el discurso gestual.

Ahora bien, gestual, gestos, es apelar constantemente al imaginario del otro.

Tal como hemos visto lo imaginario, está fuera del intercambio o es un objeto.

Y las mujeres vivieron durante siglos, apelando a ser la matris familia honorable, silenciosa y gestual, de los romanos del imperio.

Para ella su casa, era todo un imperio que la ponía fuera del intercambio.

O simple objeto de intercambio, una mercancía más, un objeto de mayor o menor valor, según el dueño que tocara.

No parece ser un problema estructural, ni constitucional, parece que hubiera, un interés social, en que la mujer aparezca siempre en algo, relegada. Publicitar a las damas que les va bien en los negocios, o en las empresas, o saber cuántas mujeres por encima del cargo de dirección hay en los entes públicos o privados no mejora la situación sino que afirma aún después de dos siglos que las damas fuera de casa y en la producción son todavía una novedad. Saber entonces que a ese interés social contribuimos con nuestra palabra conformando una corriente de opinión. Yeso creo por ahora que es el papel que por encima de las diferencias compartimos las mujeres: SER UNA CORRIENTE DE OPINIÓN.

Una palabra que se oye y resuena, aun entre el estruendo y las bombas.

Es de agradecer que a nosotras nos haya tocado este siglo, un siglo muy ruidoso, de palabras, donde también podemos, por qué no, encontrar las nuestras.

 

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